Barcala en el centro de la imagen
José María Ortiz – El Periódico de Extremadura / Miguel Ángel Barcala no es de Cáceres –nació en El Tiemblo (Ávila) un 3 de febrero de 1965– pero es de los mayores catovis que conozco. Llegó en el año 1992 a la ciudad para fichar por el Cacereño –procedente del Real Ávila y de la mano de Eduardo ‘Chato’ González y Zósimo San Román–, donde fue uno de los más reconocibles futbolistas de la época por su sacrificio y honradez. Siete años dieron para mucho. Decidió quedarse, no sin antes apurar su carrera como jugador ¡hasta los 45 años! Contundencia, rapidez y humildad fueron sus señas de identidad siempre.

Se asentó en Cáceres, además de por razones familiares, ya que aquí nacieron sus dos hijos, Víctor y Marta, porque era feliz. Encontró un empleo en Excavaciones Teodoro Pablo y su figura sonriente formaba parte del paisaje de la ciudad en cualquier lado donde hubiera una zanja. Tras diez años en esta empresa que se fue al limbo, como tantas otras, durante los últimos cuatro ha estado en paro. Solamente ha trabajado durante tres veranos en Conyser.
Ahora pide un puesto, «de lo que sea», según su propia expresión. Lo está pasando mal, pero sigue sonriendo y soñando. Viaja asidudamente a Badajoz para ver a su nueva pareja, María, que sí trabaja en una brasería. Ella y sus hijos le dan la vida, a lo que contribuye también su carácter dicharachero y jovial. ‘Barqui’ es un parado más, pero no desfallece. Un placer fotografiarse con él, delante de otro catovi entre los catovis, el abogado Angel Sánchez Cirujano.
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