Ángel G. Alameda / Después de aquel dulce período de almíbar que supuso el ascenso a Segunda RFEF y la emocionante disputa del playoff, la realidad ha golpeado con dureza al Real Ávila en esta temporada. Ni siquiera el Adolfo Suárez, ese fortín que durante años intimidaba a cualquier rival, ha sido sinónimo de tranquilidad, pasando a ser testigo incómodo de un equipo que no termina de encontrar su identidad ni su carácter.
La última derrota en casa ante el Atlético Astorga fue la gota que colmo un vaso que llevaba semanas rebosando, desatando un malestar evidente, ruidoso y justificado en la grada y terminó por ser el detonante del cese de Marc García como entrenador, en un drástica decisión de la directiva.
Hace muy poco tiempo el Real Ávila era sinónimo de solvencia, de respeto y de ambición en la categoría. Sin embargo, lo que debería haber sido el inicio de un proyecto consolidado se ha convertido, en apenas unos meses, en una temporada de sobresaltos, dudas y desencuentros. Ha perdido su aura. Hoy vive lejos de aquella solidez que le permitía mirar a todos de tú a tú.
La llegada de Aitor Martínez al banquillo encarnado supone, de momento, una tregua. No una solución mágica, pero sí un paréntesis necesario para intentar bajar las pulsaciones y reconstruir algo de confianza en un intento de reconducir la situación. Porque lo que transmite el equipo desde hace varias jornadas no es solo falta de resultados: es ansiedad, desconcierto y, en demasiadas ocasiones, una preocupante falta de personalidad colectiva.
LA AFICIÓN ES SOBERANA
La directiva tiene la obligación de tomar nota y hacerse eco de la inquietud de sus verdaderos ‘clientes’: los abonados. Son ellos los que, campaña tras campaña, sostienen el proyecto con su fidelidad, los que animan y los que sobre todo creen. Un proyecto que genera más dudas que certezas no es sostenible a medio plazo.
Este año el equipo ha ido claramente a peor conforme avanzaba el curso: en ocasiones indolente, corto de ideas en el juego y falto de carácter. Se han detectado déficits evidentes prácticamente en todas las líneas: en defensa, en el centro del campo y en ataque, que han convertido al conjunto en un equipo vulnerable y previsible. Si quiere aspirar a algo más, no puede permitirse esas lagunas tan notorias durante tanto tiempo.
El fútbol no tiene memoria. Nadie diría hoy que hace apenas unos meses casi nadie tosía al Real Ávila en su estadio. Hoy, en cambio, se le ve tembloroso en el alambre. La grada ha hablado alto y claro con aquella bronca tras el partido ante el Astorga y quiere dejar zanjado su enfado. La llegada de Aitor Martínez representa la oportunidad perfecta para volver a la altura, para calmar los ánimos y para regresar a la senda de los buenos resultados.
EL CARIÑO NO SE REGALA
Los jugadores también deben asumir su parte de responsabilidad. Si quieren recuperar el calor incondicional que siempre les ha brindado la grada del Adolfo Suárez, tendrán que sudarlo. El cariño y el calor de la afición no son un derecho adquirido. Se ganan domingo tras domingo. Y ahora mismo, después de varias actuaciones grises y de una imagen que no representa lo que el escudo merece, hay que sudar esa complicidad que antes se daba por sentada.
Apoyar al nuevo entrenador desde el primer minuto, competir con intensidad y creer en las posibilidades es imprescindible. Es el momento de volver a la altura, de calmar las aguas. De demostrar que la bronca del día del Astorga fue un punto y final, no el principio de una deriva. Porque esta plantilla, a poco que recupere la confianza y el orden, tiene nivel suficiente para plantar cara a cualquiera. La puerta del playoff de ascenso no está ni mucho menos cerrada; queda mucha liga por delante y los puntos en juego permiten soñar.
El primer examen llega ya este próximo sábado en los anexos del José Zorrilla ante el Real Valladolid Promesas. Una victoria allí sería el mejor bálsamo posible, el punto de inflexión que todos esperan. De momento, bastaría con eso. Es tiempo de dejar atrás las dudas, de remar todos en la misma dirección y de recuperar la esperanza, pero también de hechos. El Adolfo Suárez ya ha hablado. Ahora le toca responder al equipo.
Porque el Real Ávila sigue siendo mucho Real Ávila. Y su afición, esa que nunca falla, merece volver a ilusionarse.






