Ángel G. Alameda / La derrota por 2-4 ante el Atlético Astorga, sufrida ayer domingo en el Adolfo Suárez, representa mucho más que tres puntos perdidos. Es un serio quebranto en el crédito de Marc García como entrenador y un reflejo doloroso de los males crónicos que arrastran los encarnados en esta temporada 2025/26 de Segunda Federación.

Un equipo que se adelantó muy pronto en el marcador —gol de Carlos Pérez en el minuto 5— y que, sin embargo, volvió a desmoronarse cuando menos podía permitírselo. Cuatro goles encajados en casa contra un rival que lucha por la salvación, llevaba tres derrotas seguidas y no venía precisamente en su mejor momento. Cuatro goles que no son casualidad: solo una portería a cero en 22 jornadas habla de una defensa estructuralmente frágil, donde ha habido un baile continuo de cromos en el acompañante de Carlos Pascual en el eje de la defensa y la presencia casi inamovible de Urbina, que se ha convertido en una bicoca para los delanteros rivales.

El partido fue un desastre colectivo. El Real Ávila ofreció una imagen desarticulada, náufraga y desubicada. Los maragatos, sin hacer nada extraordinario, supieron leer el encuentro y aprovechar cada ocasión con una efectividad demoledora. Los locales parecieron un grupo sin rumbo, sin ambición y sin el juego necesario para imponerse en su feudo. El triunfo en Villaviciosa ante el Lealtad fue un espejismo aislado en un panorama desolador: solo 5 victorias en las últimas 17 jornadas. Demasiado poco para un club que aspira a meterse entre los mejores y que, tras esta derrota, ha vuelto a caer a la novena posición con 31 puntos, a 11 del líder y a 10 del descenso, con cinco de desventaja respecto al último puesto de playoff.

En las gradas, el respetable no se calló. Los pitos al equipo fueron constantes y las críticas al banquillo, inevitables. Los aficionados cuestionaron con razón decisiones como mantener a Diego Lorenzo como inamovible en el once titular —con solo tres goles en su cuenta— en detrimento de Gonzalo Serrano, el pichichi del equipo con ocho tantos. Los gestos desafortunados de Lorenzo hacia el público fueron reprobables y solo añadieron leña al fuego. Tampoco se entendieron los cambios de Marc García para intentar revolucionar el partido: sacar a tres de sus mejores futbolistas —Carlos Pérez (autor del 1-0), Adri Carrión y Markel Ruiz— dejó perplejo al graderío. Aunque tras las sustituciones pareció haber una ligera mejoría, el resultado final fue un fracaso rotundo.

El problema va más allá de un mal día. No hay capacidad para sostener el marcador cuando se va por delante. Para ganar, el equipo necesita algo más que un milagro. La segunda derrota consecutiva en casa —y la sensación de fragilidad permanente— empieza a ser preocupante. El desplome evidente del Real Ávila es responsabilidad compartida: del entrenador con desaciertos en su planteamiento y en la gestión sobre el campo, de algunos jugadores que no transmiten la actitud ni el comportamiento requeridos, de una dirección deportiva que no ha dado con la tecla en varios fichajes y de una propiedad que debe tomar decisiones firmes antes de que sea tarde.

El barco zarpó con ilusión al inicio de temporada, pero ahora navega a la deriva. Quizá en las próximas horas haya noticias que indiquen un giro radical: cambios en el banquillo, movimientos en la plantilla o, al menos, un mensaje claro de autocrítica y rectificación. Porque si se repite otro traspié en casa, el daño puede ser irreparable. El Real Ávila no puede permitirse seguir en la zona tibia indefinidamente si el objetivo es jugar el playoff. Es hora de que todos asuman sus responsabilidades y enderecen el rumbo. Ávila se merece mucho más.

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