Ángel G. Alameda / El mercado invernal suele ser un termómetro de la salud de un proyecto deportivo. En el caso del Real Ávila, las salidas consecutivas de Mario Camero, Pedro Luz y, recientemente, Braian Hugo, nos cuentan una historia clara: el club está haciendo hueco. No solo espacio físico en el vestuario, sino también margen salarial y licencias para intentar corregir las carencias que una primera vuelta, tan vibrante como irregular, ha dejado al descubierto.
A primera vista y a mitad de camino en la temporada, las bajas parecen lógicas desde el punto de vista del rendimiento. Mario Camero, Braian Hugo y Pedro Luz apenas habían contado para Marc García, y mantener fichas de jugadores que no entran en la rotación principal es un lujo que un equipo con aspiraciones de play-off no se puede permitir.
Sin embargo, esta «operación salida» coloca a la dirección deportiva en una posición de máxima presión, En verano, ¿se fichó por necesidad o por rellenar una plantilla? La sensación es que el club ha desperdiciado meses y recursos en jugadores que nunca llegaron a convencer al entrenador. Ahora no hay que olvidar que los experimentos en enero suelen pagarse con la pérdida de objetivos en mayo.
El Real Ávila ha demostrado que tiene alma, que tiene un ángel bajo palos llamado Samu, que tiene pundonor con Carlos Pascual y Fer Díaz, que tiene motor con Vitolo, que tiene clase con Carlos Pérez, Adri Carrión y Runy, y que tiene pegada con Gonzalo Serrano. Pero también ha demostrado ser un equipo de «cristal» en defensa, siendo el más goleado de la decena de aspirantes actuales al ascenso. Los tres goles recibidos ante el Rayo Cantabria en la pasada jornada -ha encajado en los ocho últimos partidos- son el síntoma de una enfermedad que no se cura solo con buenas intenciones: hace falta oficio.
Que lo que venga sea mejor que lo que hay
Al liberar estas tres fichas, el mensaje es claro: «lo que viene será mejor». Pero, ¿y si no es así? El equipo ha demostrado una incapacidad crónica para cerrar los partidos que le ha costado puntos de oro. Fiar la solución de estos problemas a lo que pueda ofrecer un mercado invernal —siempre inflado y escaso de ritmo— es, cuanto menos, una apuesta de alto riesgo.
¿Qué necesita el Ávila ahora? No necesita más apuestas o jugadores de relleno. Necesita jerarquía en el césped. Con las fichas liberadas, el club está obligado a traer jugadores de rendimiento inmediato. Un lateral que cierre el candado en la derecha y no se vea superado en cada internada por el contrario; un central con jerarquía que acompañe a Pascual y que sepa qué hacer cuando el balón quema en el minuto 90, si no se cuenta con Dumbia, a quien el míster no da mucha bola, pese a hablar maravillas del costamarfileño. Tampoco estaría mal alguien arriba con gol que complemente numéricamente los que marca Serrano.
Si los refuerzos que lleguen son capaces de aportar esa madurez que le ha faltado al bloque en el tiempo de descuento, estas tres bajas se recordarán como el paso necesario para el asalto definitivo a los puestos de privilegio. Si, por el contrario, las nuevas incorporaciones tardan en adaptarse o no mejoran lo que había, el equipo corre el riesgo de quedarse en «tierra de nadie», en esa zona templada de la tabla que sabe a poco para una afición que sueña con algo más.
La moneda está en el aire. El Real Ávila parece decidido a resetear su plantilla en mitad de la batalla y reconstruirla con piezas que encajen a la primera. Que tengan el nivel suficiente para sostener el sueño del ascenso es harina de otro costal. Es una maniobra valiente, pero en el fútbol, la valentía solo se aplaude si los resultados acompañan a final de temporada. Esperemos, que aunque haya que jugar a la ruleta rusa, cuando se apriete el gatillo en la segunda vuelta la bala no sea una oportunidad perdida que lamentemos en junio.






