Moha, rematando de cabeza. Fotos: @RealAvilaCF

Isabel Ferrero / El Real Ávila sigue atrapado en el mismo guión de pesadilla. Dos partidos, dos derrotas por 2-1, y el sabor amargo de saber que, una vez más, fue su propia sombra la que le venció. Navalcarnero no fue un rival implacable, sino un espejo que reflejó los fantasmas del equipo abulense: defensas despistadas, oportunidades malogradas y esa cruel ley del fútbol que castiga con saña a quien no cierra las heridas a tiempo.

El campo del Estadio Municipal de Navalcarnero amaneció con el cielo plomizo de un otoño que aún no llega, pero el ambiente olía a urgencia y prisa. El Ávila, necesitado de oxígeno en la clasificación, saltó con un once renovado, como si el cambio de nombres en el acta pudiese borrar el lastre de la jornada anterior. Jorge Marchena, el estratega, movió fichas: Fer Díaz, el capitán, comenzó en el banquillo, como si el brazalete pesase demasiado en un día de duda. Bless, habitante natural de la medular, descendió a la zaga como un centinela improvisado. Y Moha, liberado de su sanción,volvió a vestir de rojo con hambre de goles.

Primer acto: el Navalcarnero, un huracán en la calma

Al Real Ávila le costó entender que el partido no se ganaba con posesión, sino con dagas. El balón rodaba entre sus pies como un perro fiel, pero sin mordisco. El Navalcarnero, en cambio, se encogió como un felino, esperando el momento para saltar.

Y el felino rugió al cuarto de hora. Varo, por la banda izquierda, trazó una carrera de filigrana, como si el césped no le frenase. Su centro al área fue un susurro letal, un «pase de la muerte» que Kensly no supo aprovechar. El aviso quedó flotando en el aire, como el humo de un disparo fallido.

El Ávila, sin embargo, no aprendió. Moha tuvo el gol en los pies: robó el balón a Richi Souza, avanzó como un toro herido hacia la portería de Óscar López —aquél que la temporada pasada defendía los colores abulenses— y, en un tropiezo, el destino se le escurrió entre las piernas. El portero, frío como el acero, ahogó el grito antes de que naciese.

Y entonces, el castigo llegó. En el minuto 38, Alvarito Domínguez —un mago con el balón en los pies— desdibujó a la defensa del Real Ávila con un regate que parecía dibujado a tinta. Su pase a Peque fue un latigazo. El delantero local, sin piedad, clavó el balón al fondo de la red. 1-0. El estadio enmudeció, como si supiese que aquel gol era el primero de una sentencia ya escrita.

El remate llegó antes del descanso. Un córner, un cabezazo de Kensly, y el balón se coló por la escuadra como un ladrón en la noche. 2-0. Dos oportunidades, dos goles. El Navalcarnero, letal. El Ávila, herido de muerte.

Segundo acto: la remontada que nunca fue

El vestuario, en el descanso, debió de ser un infierno de miradas y suspiros. Marchena, con tres cambios de golpe, inyectó sangre nueva al equipo: Fer Díaz, Castri y Darius saltaron al campo como si trajeran la antorcha de la esperanza. El Real Ávila pasó a jugar con cuatro defensas, como si reconociese, por fin, que la fragilidad estaba en su propia retaguardia.

Y el equipo reaccionó. Darius, en el minuto 65, recibió un balón dentro del área, lo amagó con el cuerpo y, con un disparo rasante, batió a Óscar López. 2-1. El gol fue un rayo de luz en la tormenta, un grito de «¡aún estamos vivos!» que resonó en las gradas.

El fútbol, a veces, es un juego cruel. El Ávila lo intentó sin éxito y el Navalcarnero, por su parte, no se conformó con el resultado. En el descuento, Mario J. disparó desde la frontal, y el balón se fue alto, como un suspiro de alivio para el conjunto encarnado. Y Aarón, en un córner, estuvo a punto de sentenciar, pero Cortés, el portero abulense, se estiró como un felino para desbaratar el gol con las yemas de los dedos.

Epílogo: el peso de los errores

Al final, el Ávila se marchó de Navalcarnero con las manos vacías y el corazón lleno de «¿y si…?». Dos goles en el primer tiempo, frutos de una defensa que titubeó como un borracho, y una falta de puntería que convirtió el partido en un calvario.

El equipo de Marchena dominó en tramos, sí, pero el fútbol no premia a quien más juega, sino a quien más acierta. Y el Navalcarnero, ayer, fue un verdugo implacable.

La temporada, para el Real Ávila, sigue siendo un camino de espinas. Urgen soluciones, porque el tiempo —y los puntos— se escapan como arena entre los dedos. Tras dos jornadas el equipo abulense es semicolista en la clasificación, siendo junto al farolillo rojo, Atlético Tordesillas, el único que aún no ha puntuado.

FICHA TÉCNICA
2 Navalcarnero: Óscar López, Richi Souza, Jimeno (Álvaro Marcos 46’), Asier, Peque (Cruz 81’), Aurmendi, Kensly (Mario Sánchez 58’), Aarón F. (Mario Jiménez 58’), Rober E., Varo y Domínguez (Rober 58’).
1 Real Ávila: Álvaro Cortés, Ariel Grande (Darius 46′), De Frutos, Bless (Álex Muñiz 83’), Jesús del Amo (Fer Díaz 46’), Carlos Luengo, Diego González (Miguel de la Peña 70’), Molina, Adilson (Castri 46’), Millán y Moha.
Goles: 1-0 Peque (36’), 2-0 Kensley (40’) y 2-1 Darius (65’).
Árbitro: Jorge Fle Uson (Aragón), asistido en las bandas por Marcos Zuera Tomey y Diego Fuentes Suils. Mostró tarjetas amarillas a los locales Jimeno (30’), Kinsley (44’), Varo (68’), Asier (71) y Víctor Pino (87’, preparador físico). Por parte visitante fueron amonestados Diego González (63’) y Carlos Luengo (91’).
Incidencias: Encuentro correspondiente a la segunda jornada del Grupo 5 de Segunda RFEF, disputado en el Estadio Mariano González, de Fuenlabrada (Madrid), con asistencia de unos 600 espectadores, de los que casi un centenar eran seguidores del Real Ávila
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