@deportesavila / Hay empates que pesan como derrotas. Este fue uno de ellos. El Rayo Abulense regresó de Las Navas del Marqués con un punto que sabe a poco, a mucho menos de lo que el partido mereció, después de haber sostenido la victoria en las manos durante los minutos más angustiosos del encuentro y haberla visto escaparse por la grieta de un error en el descuento. Así es el fútbol. Así de cruel y así de magistral en el arte de no avisarte antes de golpearte.

Primera parte de equilibrios y prudencias

El partido comenzó con la parsimonia de dos equipos que se miden, que se tantean, que prefieren no cometer el primer error antes de intentar el primer acierto. El campo de Las Navas, grande y de hierba natural, pareció incomodar inicialmente a un Rayo poco acostumbrado a superficies de esas características, que tardó en encontrar el ritmo y la profundidad que caracteriza su juego. El centrocampismo dominó el primer tiempo, con muchos pases horizontales y pocas llegadas de peligro real a las porterías.

Las Navas tampoco fue capaz de inquietar con claridad la meta visitante. El partido transcurría en tierra de nadie, sin que ninguno de los dos conjuntos se atreviera a poner la primera pica. Solo en los minutos finales de la primera parte, el Rayo encontró algo de luz por la banda de Álex, generando un par de situaciones que tampoco encontraron el camino al gol. El descanso llegó con el marcador a cero y con la sensación de que algo tendría que cambiar.

La segunda mitad: el Rayo despierta y César lo firma

La reanudación trajo consigo un Rayo diferente, más ambicioso, más dispuesto a asumir el protagonismo y a buscar la portería contraria con mayor decisión. Los cambios introducidos por el cuerpo técnico abrieron nuevos caminos sobre el verde y fue la banda de César la que se convirtió en el epicentro de todo lo bueno que hizo el equipo visitante en esa segunda mitad.

César fue, sin discusión, el mejor del partido. Rápido, desequilibrante y con la determinación de quien lleva un gol en la cabeza desde antes de calentar. Un primer aviso con remate que el portero local despejó con acierto precedió a lo que todos intuían. Tras un pase medido de Jorge, César recibió en buena posición y no perdonó. El gol fue el premio justo a la mejor versión del Rayo y puso al equipo visitante en el camino hacia una victoria que parecía ya cuestión de tiempo.

La victoria que se escapó bajo palos

Pero el fútbol rara vez regala los partidos sin exigir algo a cambio. El Rayo tuvo en sus botas la sentencia definitiva y no la ejecutó. La más clara, obra de Pichu, fue repelida por un defensa sobre la misma línea de gol en una de esas jugadas que en el momento parecen una anécdota y que a posteriori adquieren toda la dimensión de lo que pudieron significar.

El marcador siguió siendo de uno a cero y los minutos finales comenzaron a generar esa tensión particular que solo conocen quienes han ganado un partido antes de que el árbitro lo certifique. El nerviosismo, la importancia de los tres puntos, la conciencia de que un error podía costar todo lo ganado… y finalmente el error llegó.

El golpe del minuto 90

En el minuto 90, cuando el partido ya parecía sentenciado y los tres puntos brillaban en el horizonte como algo propio, una salida de balón fallida del Rayo regaló la pelota a Las Navas en una posición inmejorable. Los locales no se lo pensaron dos veces y el empate que parecía imposible se hizo real en el instante más inoportuno.

Un punto de los tres que debían ser. Una segunda parte brillante que no encontró la recompensa que merecía. Y una lección sobre la importancia de no soltar nunca lo que tienes en las manos, por mucho que el partido parezca controlado.

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