@deportesavila / Hoy se cumplen exactamente 22 años de aquella tarde trágica del 6 de diciembre de 2003 en la que José María Jiménez Sastre, ‘El Chava’, nos dejó con solo 32 años. Un infarto fulminante en una clínica psiquiátrica de Madrid apagó para siempre la sonrisa traviesa y la pedalada explosiva del mejor escalador español de finales de los 90 y principios del siglo XXI.
Nacido el 6 de febrero de 1971 en El Barraco (Ávila), Chava fue mucho más que cuatro maillots de la montaña en la Vuelta a España (1998, 1999, 2001 y récord histórico de 9 victorias de etapa) o que su inolvidable duelo con Marco Pantani en los Lagos de Covadonga de 2000. Fue el último gran romántico del ciclismo, un corredor que atacaba cuando nadie lo esperaba, que se vaciaba en cada puerto como si le fuera la vida en ello y que, cuando cruzaba la meta, levantaba los brazos con la misma cara de niño grande que cuando ganaba una kermesse en su pueblo.
“Yo no corro para ser segundo”, solía decir. Y no lo era. En la carretera era un torbellino de orgullo y rabia contenida. Fuera de ella, un tipo sensible, tímido y tremendamente generoso que cargaba con sus propios demonios. La depresión y las adicciones le persiguieron desde muy joven, pero nunca le impidieron dejar momentos antológicos: la etapa reina de la Vuelta 98 en la Sierra Nevada, la exhibición en Angliru 99 bajo la niebla y la lluvia, o aquella victoria en Cerler 2001, la última, cuando ya sabía que su cuerpo y su cabeza estaban al límite.
En Ávila, especialmente en El Barraco, su pueblo natal, la herida sigue abierta. Todo recuerda que aquí nació un mito. Carlos Sastre, ganador del Tour 2008, amigo y cuñado, lo resume así: “Chava no era solo el mejor escalador que he visto nunca; era el que más corazón ponía. Y eso no se aprende”.
22 años después, su legado sigue vivo. La M.O.D.A. le ha dedicado una canción más de dos décadas después. Los mayores aún cuentan la anécdota de cuando, en plena Vuelta, se paró a ayudar a un rival que se había caído. Y en YouTube, las imágenes de sus ataques siguen emocionando a nuevas generaciones que quizá nunca le vieron correr en directo.
Hoy, cuando el ciclismo profesional a veces parece más ciencia que pasión, muchos echamos de menos a aquel corredor flaco, de mirada triste y sonrisa eterna, que subía puertos como si quisiera escapar de sí mismo… y que, al hacerlo, nos hacía volar a todos con él.
Descansa en paz, Chava. Aquí en la tierra nadie te ha quitado todavía el trono. Aunque nunca ganaste una gran vuelta, sigues siendo el ciclista español más carismático de la historia.






